Teatro

Por Fernanda Blanco.

La cartelera porteña se toma un descanso, la casualidad me lleva a Nueva York y la curiosidad me invita a visitar espacios escénicos no convencionales, “off”, en el extranjero. Así es que luego de perderme en Manhattan y encontrarme corriendo por calles desoladas un primero de enero en una noche que ya estaba negra a las cinco de la tarde, logré hallar el Mc Kittrick Hotel y reservar un check-in para las 23:30 hs.

A la hora estimada hago la fila que me indicó un conserje pintoresco y de voz tétrica, me piden una identificación y me ponen un sello en la mano. Ya soy parte de un club selecto así que me invitan a pasar. Debo dejar cartera, abrigo y celular en el guardarropa - ésta será una experiencia sin distracciones - y me dan las llaves de mi habitación: una carta. Me tocó el cinco de diamantes. Ahora sí, adelante. Todo está oscuro pero voy en dirección correcta. Avanzo por un pasillo oscuro cuya única iluminación es una vela en un rincón, doblo, mismo pasillo, misma vela, es angosto, vuelvo a doblar cual laberinto y comienzo a tener un poco de miedo, no sé si esta experiencia es para mí ni cuánto más debo avanzar, no soy claustrofóbica pero comienzo a sentirme asfixiada, está bien, comienzo a sentir un extraño placer y curiosidad, sigo avanzando, sigo doblando, quiero avanzar y ver qué hay detrás. Sigo, hasta llegar al lobby. Allí es algo fuera de época, toca una banda, hay un presentador en el escenario, la barra está bien equipada y todo es rojo. Rojo sangre, sangre que no se quita, que envuelve, que apasiona. No puedo olvidar que vine a ver una versión libre de “Macbeth”.

El presentador comienza a llamar por números, quienes tienen la carta número cinco pueden pasar a la derecha. Ante el llamado, pasamos y cierran la puerta a nuestras espaldas. Hay una máscara para cada uno, todas iguales, color blanco, puntiagudas. Una aclaración: este es un viaje individual, debemos ir allí a donde nos lleve la curiosidad. Subimos a un ascensor, cada uno elije su parada y allí voy, entre ese juego rojo sangre, sensual y tenebroso a la vez, a desvelar lo prohibido.

¿Qué es esto? PUNCHDRUNK. Estamos ante una experiencia donde audiencias experimentan épicas y emocionales formas en que se les cuenta una historia dentro del mundo del teatro sensorial en un blend de textos clásicos, performance física y psicológica, con instalaciones artísticas como escenografía. Invita a la audiencia a vivir una aventura, redescubrir el placer pueril de descubrir lo desconocido, invitando al viaje individual, la elección de qué mirar y hacia a dónde ir. Este movimiento trabaja con textos clásicos porque es más fácil contar una historia no lineal cuando el público ya tiene un vínculo con la misma. Y yo acá estoy, por ver una versión libre, totalmente fuera de lo convencional, de mi obra preferida en un hotel. “Macbeth” de William Shakespeare en el Mc Kittrick Hotel: Sleep no more.

Con nuestros rostros tapados, todos de máscara blanca, ya estamos listos para iniciar el viaje. Las máscaras como el lugar de las butacas, nos ocupan en lugar de espectadores, creando ese vínculo de nosotros como audiencia y en la acción. Reforzando anonimato, ubicándonos como fantasmas genéricos, más sueltos en el egoísmo y voyeurismo de mirar. Así, con nuestras máscaras fantasmagóricas, deambulando cual locos en su locura, por un espacio oscuro, desconocido y que nos estimula en cada rincón, nos volvemos “walking shadows”, sombras que caminan, sombras de los personajes de esta historia que poco a poco iremos cruzando, que nos invitarán a espiar o nos dejarán fuera de la diversión, sombras y huellas de lo que fue, restos de una historia que se nos desvela con pistas, que revisamos cual detectives y atamos cabos para nuestra historia interna, esa que ya conocíamos desde el texto, esa que nos representamos en nuestra cabeza, que interpretamos con nuestra experiencia personal y que ahora suma un mar de estímulos sensoriales que construyen una nueva historia donde nosotros deambulamos. Somos espectadores voyeurs en todo nuestro esplendor con una libertad fascinante. Nosotros decidimos qué mirar, cómo, cuándo y hasta qué momento. Decidimos irnos cuando queramos, decidimos si mirar escenografía, escena, e inclusive a otros espectadores. Vivimos la historia. No será extraño entonces encontrar in fraganti a otros espectadores, besándose en algún rincón del hotel, tentados bajo el aire misterioso y sensual que se presenta a cada momento. Explorar en la oscuridad desinhibe ese instinto de experimentar y habitar un mundo donde no se supone que estemos. Hay quienes eligen un personaje para seguir; otros viven más la experiencia como una instalación artística;  otros se van turnando según su curiosidad. Las posibilidades son tantas como la cantidad de espectadores. Cada uno tiene la libertad de reaccionar de forma distinta.

Por momentos estaremos acompañados de mucha gente y hasta resulta divertido ver sus reacciones, la forma en que revisan todo minuciosamente o que escapan de algunas habitaciones. Otras veces estaremos solos, a oscuras, caminando sobre un piso de madera que cruje, en un hotel antiguo con habitaciones llenas de muñecas de porcelana, animales disecados, camas, muchas camas, y hasta un cementerio. Podemos sentir miedo al escuchar tan solo nuestros pasos con el crujir de la madera y no podemos dejar de pensar que esta obra que William Shakespeare escribió para Jacobo I (descendiente de Banquo) que, como todo escocés, tenía cierta admiración por la brujería pero sintió miedo de las brujas del dramaturgo cuando representaron la obra. Al igual que Jacobo I, nosotros también podemos sentir un poco de miedo ante semejante despliegue. Y así, aunque el miedo lo sienta yo, y sea yo quien elija qué ver y qué no, aunque me encuentre sola en muchos momentos, así, no puedo dejar de hablar en plural y sentirme una más con mi máscara en este disfrute individual y colectivo a la vez. Soy yo en el somos del mirar espectador.

Así vamos encontrando pistas de las obras desde la instalación (¿escenografía?), encontramos muchas bañeras y ese afán por quitar la mancha de sangre de una daga que no admite limpieza, un bosque que se mueve, un cementerio, habitaciones escondidas, espacios reales. Y  de repente otros espectadores comienzan a alterarse y correr, los seguimos, corremos tras ellos y allí lo vemos. Nos cruzamos con nuestro primer personaje. Esta dinámica se repetirá varias veces en las tres horas de espectáculo que podemos disfrutar. Ninguno de estos personajes hablará, no hay guión y su representación está ligada a la actuación, la danza y acrobacia, desafiando los límites de la historia, de sus cuerpos, de la representación, del espacio, nuestro propio límite como espectadores.  Ahora debemos buscar pistas entre sus acciones y descubrir al portero de la obra en un botones, una Lady Macbeth deambulando en su locura antes de quitarse la vida, un Macbeth escrupuloso discutiendo con su esposa, un Banquo peleando contra lo que está por venir, un Duncan muerto en su lecho, juegos de poder de los personajes expresados en apuestas y juegos de cartas, personajes que sufren, que piden ayuda y la rechazan, que corren de acá para allá, que te invitan a pasar o te cierran la puerta en la cara.

Absolutamente todo en esta experiencia es fascinante, como espectadores somos estimulados sensorialmente en cada detalle, creando nuestra propia historia a través de la escena, alimentando el deseo y la curiosidad espectadora a un nivel superior.