Teatro

Un espacio delimitado, una oficina, un juego de escritorio rojo y otra blanco. Un espacio del cual no pueden salir. Encerrada en su despecho, Fanny Méndez (intendenta de la Plaza Huincul) resiste a una pueblada junto a su asistente y a un hombre que se hará responsable de un crimen.

Una habitación blanca, absolutamente blanca, como si fuera un espacio aislado del mundo donde se trata de establecer cierta paz. Objetos en la pared, también blancos, colgados, como si no se pudiera definir si deben guardarse o no. Todo contra la pared y un vacío en el medio.

El teatro Cervantes nos recibe otra vez, un lujo colonial en plena ciudad. Teatro Nacional que este año brilla, invita y convoca. Nos ubicamos en nuestras butacas – nos toca palco – y mientras nos acomodamos escuchamos aplausos. Y una voz. Entonces la vemos: aparece Marilú Marini, que entra desde la platea, saluda, charla con el público y se va acercando al escenario. Carismática, divertida, preciosa. Nos da la bienvenida, nos prepara para el relato y ya sentimos cierta cercanía. El diálogo es con nosotros, en un código de intimidad amistosa. Seremos espectadores cercanos de su relato sin importar a qué distancia estemos del escenario.

Todo está oscuro, suena un piano cuya música acompañará toda la obra. Seis personas amontonadas que avanzan lentamente y entre frases sueltas podemos imaginar un viaje en auto y un relato que se construye a partir de lo que se ve a través de la ventanilla. “¿Qué hacés? Respiro”.

 

La escena enmarcada, una silla y un foco que ilumina, que dirige su luz a un único lugar. Él, el padre, nos va a presentar a sus once hijos. Primero se enunciarán sus virtudes, luego sus defectos, que terminarán empañando toda virtud. Es que ninguno lo satisface, como en una búsqueda de seguir creando en pos del sujeto perfecto que nunca sucederá. Es que él siempre tendrá algo para criticar. Hijos que no son suficientes para un padre. Hijos “a lo Kafka”.

“Hermanas” de Carol López, dirigida por María Figueras, es la historia de una familia frente a una pérdida, de un padre, un marido, un abuelo. Tres hermanas se paran frente a todos nosotros a dar la noticia. Muy distintas entre sí, con sus diferencias, sus secretos y particularidades. Pero juntas, con sus chistes e internas, las tres unidas dando la noticia.

 

Por Fernanda Blanco

Publicada en la web del Área de Comunicación y Artes Escénicas - artesescenicas.sociales.uba.ar


Llegamos al Sportivo Teatral. Entre sus marrones, sus rojos y mostazas esperamos en un pasillo con un ventanal que da a un patio interno y luego pasamos a una segunda habitación donde los espectadores pueden servirse un vaso de vino o agua. La recepción es íntima y acogedora. En breve pasaremos a ver Hambre y Amor, una versión de Hedda Gabler de Ibsen, dirigida por Ricardo Bartís, en un espacio de no más de veinte butacas.

Lo íntimo es elección, algunos tendremos butacas y otros almohadones, todos estaremos en escena, tan cerca y adentro. Pasamos a un espacio enorme, subimos unas escaleras angostas y llegamos a nuestro lugar. Mientras nos ubicamos, suena Charly García: “Pero es muy difícil ver, si algo controla mi ser. Puedo ver y sentir y decir: mi vida dormir, bajo tu influencia”. Las paredes son de un verde petróleo, con cortinas bordeaux que dan a una baranda donde termina ese semipiso. Iluminación tenue, un pasillo por detrás, al costado, cuadros vacíos y torcidos, montones de libros apilados en el piso y una mesa de ajedrez. La iluminación juega de forma preciosa con los colores que predominan el espacio, reforzando la intimidad con una belleza sutil y efectiva.

“Yo seré Hedda Gabler” nos dice un personaje, como actriz que busca encontrar el sentimiento, descifrando la acción, como entrando en la escena y saliendo a la vez. Nos explica que la obra es de Ibsen, que es posterior a El pato salvaje y que comienza más o menos así. Y por momentos no sabremos si sufre o está extasiada de placer o ambas cosas a la vez.

Será la historia de Hedda Gabler, tal vez sin tantas vueltas, con personajes que dicen lo que en la obra se da a entender, tal vez más sinceros y menos políticamente correctos. Y cada tanto rompen la cuarta pared para explicar. La señora Elmer nos presenta a los personajes casi por lo bajo. Según lo que Hedda nos dice: “ella es una máquina de dar información”.

Hedda (Carolina Faux), recientemente casada con Jorge Tesman (Jada Sirkin), insatisfecha, aburrida, fastidiada, descubre, tras la visita de la señora Elmer (Marcela Rey), que su antiguo y secreto amor Elbert Lovborg (Pablo Díaz), quien no goza de buena fama, está de regreso a la ciudad redimido y exitoso. Este será el desencadenante de la historia que muestra constantemente una insoportable insatisfacción y búsqueda de belleza en Hedda: “el deseo sin objeto”, segùn nos explica Lovborg en una interrupción. Hambre de más, pero sin saber bien de qué, búsqueda de un amor que no es tal, que se idealiza. Hedda podría representar una generación posmoderna actual.

Hambre y Amor es una versión íntima, con una visión sociológica que habla de una clase social aburrida e insatisfecha, que no admite el fracaso, que no quiere ver, que busca la belleza en lo extraordinario, que aspira a otras cosas, aspira a más, eternamente. En esa búsqueda veremos personajes con matices, que confiesan sus verdades ocultas, que sufren, que temen, que aspiran para escapar, que abusan, que manipulan, que mienten, que aman. Con una puesta que aprovecha el espacio, que permite que una baranda sea un balcón, que la escalera juegue en escena cuando escuchamos voces, imaginamos y luego vemos entrar a los personajes, que utiliza el pasillo al fondo, que juega con las luces y los sonidos. El vestuario que le hace honor a los personajes, la tensión, los silencios, la escena como espacio de experimentación.

Y al final, todo cierra como comienza, somos partícipes, nos interpelan.

Viernes a las 21 y sábados a las 21 y a las 23
Sportivo Teatral: Thames 1426 (CABA)

Ficha técnico-artística

Sobre textos de Henrik Ibsen
Actúan: Mirta Bogdasarian, Pablo Díaz, Carolina Faux, Leo Martínez, Micaela Rey, Jada Sirkin
Vestuario: Leonel Elizondo
Espacio escénico: Ricardo Bartís
Música: Manuel Llosa
Diseño gráfico: Sebastián Mogordoy
Asistencia de dirección: Clara Seckel, Damián Smajo
Prensa: Corre y Dile Prensa
Dirección: Ricardo Bartís

Por Fernanda Blanco.

La cartelera porteña se toma un descanso, la casualidad me lleva a Nueva York y la curiosidad me invita a visitar espacios escénicos no convencionales, “off”, en el extranjero. Así es que luego de perderme en Manhattan y encontrarme corriendo por calles desoladas un primero de enero en una noche que ya estaba negra a las cinco de la tarde, logré hallar el Mc Kittrick Hotel y reservar un check-in para las 23:30 hs.