Teatro

Había estado en el Teatro Cervantes y el éxito fue tal que resultaba difícil conseguir entradas, pero llegó una segunda oportunidad de la mano del Teatro Picadero y así pudimos ir a ver “Tarascones” de Gonzalo Demaría, bajo la dirección de Ciro Zorzoli.

Entramos al teatro y alguien pregunta “¿La silla que está tirada será parte de la escenografía o se la olvidaron así?”, es un living que podría ubicarse en Zona Norte, alfombras, paredes con empapelados, grandes jarrones, tazas de porcelana, botellas de caros licores y cartas sobre la mesa. Allí claramente no se merienda, “se toma el té”. Desde la escenografía empezamos a ver algo del exceso, mucho rosa viejo, algo de celeste, mucho color pastel, detalles, rincones, mobiliario y decoración. Algo como de otra época, de mostrar lo heredado, de guiarse por tradiciones y convenciones, de no poder comer tranquila un sanguchito de miga.

Al medio una puerta, donde empezamos a ver corridas hasta que se aparece nuestra primera interlocutora, que habla en verso y al público. Se ha cometido un crimen y la culpable es la empleada. Tardaremos un poco en conocer los hechos, pero finalmente daremos con lo sucedido: la empleada le pegó una patada a la perrita de la dueña de casa y aseguran que la mató. Se interrumpe el té y el juego de canasta, la dueña de casa termina en cama, las amigas toman campari para calmar los nervios y la empleada encerrada en su “cuchitril”.

El verso, el absurdo y el grotesco irán atravesando toda la obra, de principio a fin. Bajo el discurso de cuatro señoras “bien”. La interpretación de Susana Pampin, Paola Barrientos, Eugenia Guerty y Alejandra Flechner es divertida, detallista, inteligente, te impiden quitarles la vista de encima y te roban esas risas amargas en un relato cruel y verosímil. Sus ropas con hombreras (también en colores pastel), con cortes diagonales y cuadrados; sus peinados de estilo; y el maquillaje acentuado que permite incluso cambiarles las facciones de la cara; todo trabaja en conjunto con el absurdo y el grotesco, en personajes caricaturescos y te permiten entrar a su mundo desde que se inicia la función.

En el desarrollo de la obra se irán “poniendo las cartas sobre la mesa”, dando cuenta de las miserias de cada una, sus secretos, sus verdades, sus delitos y temores. El disparate de la construcción de los personajes, la historia y la escena, le da un humor negro que acompaña toda la acción. Pero que también se va mechando con la realidad y aparecen frases que nos hacen pensar si esto no es un dejavu, “estás despedida pero antes haceme un poco de té”.

El humor negro y el disparate nos permiten atravesar la cuestión de clase, la discriminación, la explotación y el maltrato. El texto, la escenografía, el vestuario, el maquillaje, las luces, los tiempos, los silencios, las actuaciones, todo trabaja en conjunto logrando el clima necesario para cada momento, bajo la dirección de Ciro Zorzoli.

 

Lunes, Jueves, Viernes, Sábado y Domingo 20:30 hs.
Teatro Picadero (Enrique Santos Discepolo 1857, CABA).

 

Ficha Técnica

Actúan: Paola Barrientos, Alejandra Flechner, Eugenia Guerty y Susana Pampin.
Dirección: Ciro Zorzoli
Escenografía: Cecilia Zuvialde
Iluminación: Eli Sirlin
Vestuario: Magda Banach
Música: Marcelo Katz
Ilustración: Agustina Fillipini
Diseño Gráfico: Diego Heras
Foto: Alejandra López
Producciòn: Cooperativa Tarascones

El Teatro del Globo nos recibe con un estreno musical: “Hermanos de Sangre”, la historia de Mickey y Eddie, dos hermanos separados al nacer en la Inglaterra de 1950.

Un espacio delimitado, una oficina, un juego de escritorio rojo y otra blanco. Un espacio del cual no pueden salir. Encerrada en su despecho, Fanny Méndez (intendenta de la Plaza Huincul) resiste a una pueblada junto a su asistente y a un hombre que se hará responsable de un crimen.

Una habitación blanca, absolutamente blanca, como si fuera un espacio aislado del mundo donde se trata de establecer cierta paz. Objetos en la pared, también blancos, colgados, como si no se pudiera definir si deben guardarse o no. Todo contra la pared y un vacío en el medio.

El teatro Cervantes nos recibe otra vez, un lujo colonial en plena ciudad. Teatro Nacional que este año brilla, invita y convoca. Nos ubicamos en nuestras butacas – nos toca palco – y mientras nos acomodamos escuchamos aplausos. Y una voz. Entonces la vemos: aparece Marilú Marini, que entra desde la platea, saluda, charla con el público y se va acercando al escenario. Carismática, divertida, preciosa. Nos da la bienvenida, nos prepara para el relato y ya sentimos cierta cercanía. El diálogo es con nosotros, en un código de intimidad amistosa. Seremos espectadores cercanos de su relato sin importar a qué distancia estemos del escenario.

Todo está oscuro, suena un piano cuya música acompañará toda la obra. Seis personas amontonadas que avanzan lentamente y entre frases sueltas podemos imaginar un viaje en auto y un relato que se construye a partir de lo que se ve a través de la ventanilla. “¿Qué hacés? Respiro”.

Por Fernanda Blanco.

La cartelera porteña se toma un descanso, la casualidad me lleva a Nueva York y la curiosidad me invita a visitar espacios escénicos no convencionales, “off”, en el extranjero. Así es que luego de perderme en Manhattan y encontrarme corriendo por calles desoladas un primero de enero en una noche que ya estaba negra a las cinco de la tarde, logré hallar el Mc Kittrick Hotel y reservar un check-in para las 23:30 hs.